Presentamos testimonios de integrantes de agrupaciones musicales que, sin ser necesariamente famosos, sufren el acoso del crimen organizado.






CIUDAD DE MÉXICO, 17 de marzo.- Detrás del escenario, mientras continuaba el festejo de la quinceañera, el representante del grupo que toca corridos de la región de Tierra Caliente confesaba cómo sus integrantes han estado a punto de renunciar a este oficio por miedo a que los maten o los levanten “esos señores” que los amenazan y los extorsionan siempre a nombre del crimen organizado.


La muerte los ronda constantemente. Ése que comenzó como un sueño de la banda —y de muchos otros colegas— de llegar a famosos algún día terminó convertido en una pesadilla por la violencia.


Hace diez años nació esta banda de corridos en Chimalhuacán, Estado de México, y aunque el cantante pidió el anonimato por precaución, se dijo dispuesta a denunciar la inseguridad que padecen los pequeños grupos locales.


Al dar la entrevista, sobre la acera había decenas de invitados recargados en las paredes con su trago de tequila en la mano. Esa noche sólo hubo saldo blanco y diversión, los músicos provocaron que su público al zapatear hasta levantara el polvo de aquella avenida que cerraron para los quince años en Chimalhuacán. Y por fortuna, el grupo se llevó íntegras sus ganancias y ningún hampón les robó o los amenazó.


Y es que el miedo no sólo se alimenta por tantas noticias de asesinatos de músicos regionales que aparecen en los medios de comunicación, desde que el narcotráfico se apoderó de varios municipios mexicanos hay registro de 45 víctimas mortales en siete años, comenzado en 2006 con los más de 70 casquillos que se encontraron alrededor del cuerpo de Valentín Elizalde y ahora con la masacre y tortura de 16 de los 17 integrantes del grupo de vallenato El Poderoso Kombo Kolombia; también por las amenazas que la misma banda ha recibido de supuestos narcotraficantes, quienes los han obligado a tocar para ellos.


“Para que volaran como palomitas”



Rodrigo, representante de la banda, dibujó con su dedo una línea en la frente para relatar cómo le pasó toda su vida por un segundo cuando un sicario de 15 años de edad se acercó al técnico de audio para mostrarle lo que había dentro de un bolso negro que estaba cargando, era una granada.


“Nada más porque le cayeron bien al patrón, pero ya me había dado la orden de aventarles una granada por debajo del escenario para que volaran como palomitas”, amenazó el niño sicario.


Esta determinación de matarlos surgió sólo por un desacuerdo en el precio para contratar a la banda. Después de una presentación para una familia de Tejupilco, Estado de México, y límite con Guerrero, el sicario se acercó al representante como un invitado más de la fiesta y preguntó a nombre de su patrón (supuesto líder de La Familia Michoacana) cuánto cobraba por dos horas extra; entonces Rodrigo contestó “nueve mil pesos”, pero protestaron porque les pareció demasiado caro, así que los obligaron a aceptar únicamente cuatro mil.


“(El patrón del sicario) ya me dijo directamente: ‘Está perfecto, si rechazan lo que ofrecemos, está bien, no toquen, levanten sus cosas y váyanse, pero aténganse a las consecuencias’”, recordó Rodrigo. Los integrantes están convencidos que de haberse negado a tocar esas dos horas extra, otra historia se hubiera escrito, una muy dolorosa.


A más de dos años de esta anécdota, todavía al narrarla se entrecorta la voz de Rodrigo, pero el instante en el que de plano se le resbalaron las lágrimas fue al recordar cómo se sintió al día siguiente cuando regresó a su casa y abrazó a su hijo, que estaba acostado en la cama.


“Lo vi y me imaginé qué habría pasado si nos hubieran aventado la granada, nos hubiéramos quedado ahí, prácticamente volvimos a nacer”, dijo.


De las 11 personas que integran el equipo, entre músicos, ingenieros de audio, encargado de luces y animador, la mitad tiene hijos pequeños.


Las amenazas que reciben agrupaciones como ésta, además de generarse porque a un criminal simplemente le disgustó el precio que impuso el representante de la banda, pueden ser también por el capricho de cualquier narcotraficante que exige escuchar alguna canción.


“Un señor que comentó estar despechado nada más se acercó para preguntar si nos sabíamos la de Dos gotas de agua; y nosotros contestamos que sí, entonces dijo: ‘ah, bueno, me quiero ir escuchándola, porque me estoy tirando a la vieja del contrario, y si no la oigo cuando me vaya, yo regreso y me los levanto”.


Mientras se perdía la silueta del señor por el camino, la banda cantaba: “Qué voy a hacer contigo/ mi vida ya es un martirio/ parece ser mi castigo/ quererte sin descansar”.


“O pasas nuestra droga o dejas cuota”



Cada vez que encienden el motor del camión que los transporta y viajan rumbo a la frontera entre el Estado de México y Guerrero, se aferran a sus rosarios y se encomiendan a Dios, porque mucho antes de llegar a sus presentaciones ya se enfrentan al peligro y a la extorsión.


Sobre la carretera federal, medio kilómetro después de la caseta de cuota del Estado de México que va de Tejupilco a Tlatlaya, la constante son los falsos retenes.


Lujosas camionetas con placas de Michoacán y Sinaloa se estacionan sobre el camino, custodiadas por más de una docena de hombres vestidos de negro y fuertemente armados, que marcan el alto al grupo.


“Ni para seguirte, el miedo te hace meter el pie inmediatamente en el freno”, confesó Rodrigo.


La primera labor del retén es verificar que en verdad los pasajeros sean músicos y no rivales intentando ingresar a territorio enemigo.


“Es como si fueras a sacar tu visa con los gringos, dos o tres personas están haciendo la misma pregunta a distintos miembros de la banda, para ver si no caemos en contradicciones”, dijo Rodrigo.


Las preguntas llegan a ser tan minuciosas que han cuestionado al baterista las medidas de las baquetas.
Después de que el retén descarta que los músicos sean criminales, ahí viene la extorsión: les arrebatan sus contratos y luego sobre el precio que cobraron por una presentación exigen un porcentaje.


“O pasas nuestra droga o dejas cuota”, advierten. Pero como saben que la agrupación no se atreverá a transportar estupefacientes, pues aceptarán sí o sí la segunda opción.


“Cuando te quitan la mitad de lo que ganaste es cuando dices ‘pues qué pasó, no se vale’, para conseguir el dinero me he llevado desvelos, dejar de ver a mis hijos, a mi pareja y a mis papás.”


Los sacrificios y el esfuerzo son muchos. Desde tocar sin descansos por más de tres horas (de las 11 de la noche a las 2 de la mañana) como lo hicieron en los quince años de Chimalhuacán, montando las coreografías del típico zapateado para los corridos de Tierra Caliente y sólo reponiendo el desgaste físico con tragos de tequila. O ausentarse por varios días de la casa cuando salen a presentaciones en otros estados. Sin contar los ensayos diarios y las visitas al sastre para salir muy bien uniformados ante el público.


La extorsión y las amenazas no se limitan a los sitios de presentación o a las carreteras. Un día de septiembre de 2011 llegó hasta la puerta de la casa de Rodrigo un perfecto desconocido a exigir parte de las ganancias del grupo sin trabajar y sin más esfuerzo que anunciarse como representante del cártel de La Familia Michoacana y repleto de armas. Lo peor es que durante nueve meses seguidos, cada día 28, este criminal recibió ocho mil pesos en su mano y en efectivo.
“Yo salí y me preguntó por Rodrigo, el representante del grupo y dije ‘sí, soy yo, qué se le ofrece’, pensé que venía a contratarnos y me invitó a subir a su camioneta. Ya arriba vi las armas tiradas sobre sus pies y se presentó como el señor Joaquín, de La Familia Michoacana”.


Luego de la intimidante presentación de Joaquín, Rodrigo estaba desconcertado, no entendía si venía a matarlo o qué quería. Así que mientras contaba la experiencia a Excélsior, simuló una pistola con el dedo índice y el pulgar y la puso en su garganta. “Yo decía: ‘pues si me van a dar un balazo, ya que me lo den, total’”.


Pero como la intención del criminal no era dañarlo, sino beneficiarse con su dinero, le explicó que esa cuota mensual era una especie de protección que se cobraba a los negociantes en los municipio de Chimalhuacán y Nezahualcóyotl.
En varias ocasiones, Rodrigo tuvo que cobrar por adelantado los contratos y explicarles con mucha vergüenza a los clientes que le faltaba dinero para completar el pago mensual de la extorsión. Esa historia se acabó sólo hasta que ese señor Joaquín, sin previo aviso, desapareció de la zona.


“Ta-ta-ta-ta-ta”



Aquí en algunas colonias populares de la zona oriente de la Ciudad de México, sin pensar en rancherías o irse hasta los pueblos con fuerte presencia del narcotráfico, la mayoría de los asistentes llega armado a los bailes de este tipo de música, como en la colonia Renovación de Iztapalapa. Y el público no duda en sacar sus pistolas y hacer alarde de éstas.


“En las fiestas particulares, las lonas quedan agujeradas, llegan y les gusta una canción y se escucha: ‘ta-ta-ta-ta-ta’, comienzan a disparar así a lo loco a diestra y siniestra”, reveló Rodrigo, mientras el animador lo llamaba al escenario, pues había llegado la hora de la última tanda de canciones en los quince años de Chimalhuacán.


Esa noche fue todo un éxito, los invitados no paraban de gritar “¡otra, otra” y el animador de enviar saludos que para la abuelita, el primo, la novia y hasta para la periodista que había llegado a entrevistarlos sobre la inseguridad que enfrentan. Ya casi a las tres de la madrugada y luego de cantar cinco canciones más que las planeadas, la banda bajó del escenario para comenzar a quitarse el vestuario y desmontar los instrumentos, entre señoras que barrían los vasos desechables en los que se consumieron al menos una docena de botellas tequila.


En su agenda, ya había quedado cubierta y borrada la presentación de los quince años, pero la banda tenía otro baile por cumplir durante estos días de marzo y la cita sería allá por Tierra Caliente, cerca de Guerrero, en una fiesta que para llegar, los músicos primero deberán sortear los falsos retenes del camino y ya en la zona aguantar y torear a más de uno que se hace llamar señor del narcotráfico.


Su vida de baile en baile y de carretera en carretera es como una ruleta rusa: “Yo me reflejo mucho en una película que se llama El Infierno y es mexicana: no hay otra historia, así es”, dijo Rodrigo mientras se despedía.

Reventamos, estamos que reventamos…



Por su composición multiétnica Colombia es un territorio propicio para la proliferación de las expresiones artísticas, pero es, especialmente, un país lleno de compositores, arreglistas, cantantes e intérpretes talentosos. En los registros de muertos y detenidos por supuestos vínculos entre la música y el narcotráfico están algunos de los más exitosos y queridos cantautores del país como el Binomio de Oro, el Grupo Niche y el Grupo Bananas.


A pesar de que son constantes los rumores de servir como mulas para transportar droga, prestar sus nombres para lavar dinero o mantener relaciones comerciales con importantes capos hasta llegarse a convertir en fetiches exclusivos, han sido muy escasas las veces en que la justicia ha tenido que intervenir y menos en las que se ha demostrado un vínculo real entre músicos y el tráfico de estupefacientes.


A mediados de 1986 en el Coliseo Cubierto el Campín de Bogotá, durante su campaña a la presidencia de la República de Colombia, Luis Carlos Galán pronunció el que se convertiría en uno de los más recordados discursos de la historia moderna de esta nación, pero sobre todo el más duro y desafiante contra los cárteles del narcotráfico.


Allí, frente a la multitud y las cámaras de televisión, el líder del Partido Nuevo Liberalismo señaló que el negocio de las drogas ilícitas había permeado todas las instancias de la vida gubernamental y pública del país. Tres años después, el 19 de agosto de 1989, fue asesinado a manos de sicarios pagados por el capo del cártel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria. Ése fue el clímax de una “sinfonía” trágica, dolorosa y sangrienta que cubrió el país por varios años.


Galán no estaba equivocado, la corrupción del narcotráfico había plantado sus temibles tentáculos en casi todos los espacios de la sociedad colombiana; por supuesto, las manifestaciones populares más aglutinantes no eran la excepción: el futbol y la música eran en cierto sentido influenciados por dinero de los capos de las drogas.


Binomio de muerte



Uno de los casos sonados tocó el más popular e internacional de los ritmos colombianos de los últimos treinta años: el vallenato. Todo empezó el 11 de junio de 1992 en la costera ciudad de Barranquilla, cuando fue asesinado el cantante Rafael Orozco, miembro del conjunto más importante de ese momento: el Binomio de Oro.


Desde el día del crimen de Orozco se manejaron dos hipótesis. La primera señalaba que había sido asesinado por ajustes de cuentas de negocios ilícitos con narcos de la región, supuestamente el cantante no habría entregado 3.5 millones de dólares que los traficantes le habían encargado ingresar al país. La otra versión indicaba que se trataba de un crimen pasional, ya que Orozco sostenía un romance con una joven de nombre María Angélica Navarro, quien a su vez era pretendida por el supuesto narcotraficante Reinaldo El Nano Fiallo.


En 1998 la justicia penal colombiana determinó que este último había sido el motivo del crimen e incluso que el arma con la cual fue asesinado Orozco le pertenecía a Fiallo. A pesar de eso en las conversaciones callejeras de los colombianos quedó sembrada la duda sobre los móviles reales de la muerte.


La música tropical y la salsa no han sido ajenas al fenómeno. A varios personajes del gremio les ha tocado “cantar” en los estrados judiciales por dar uno que otro “mal paso”. Una de las historias recientes es la del cantante Diego Morán, quien fue capturado en el Aeropuerto Internacional de Miami cuando pretendía introducir heroína a Estados Unidos. Morán pagó 54 meses de cárcel antes de quedar en libertad.


El 29 de mayo de 1995 los 15 integrantes del Grupo Bananas –la orquesta de merengue más célebre de Colombia– fueron capturados en el aeropuerto de Barranquilla al hallárseles siete kilos de cocaína dentro de los instrumentos. La condena inicial para los cinco socios principales fue de 10 años, de los cuales pagaron cincuenta meses, truncando así una exitosa carrera.


Los casos de Morán y el Grupo Bananas, sin embargo, no fueron más llamativos ni publicitados que el del recientemente fallecido Jairo Varela, creador y director del Grupo Niche, la orquesta de salsa más exitosa de la historia colombiana, quien fue acusado de lavado de activos pertenecientes a Miguel Rodríguez Orejuela, capo del desaparecido cártel de Cali.


A finales de 1995, Varela fue detenido en momentos en que regresaba de una larga gira por Estados Unidos. Luego de un polémico proceso jurídico fue condenado a 66 meses de prisión y una multa de 45 millones de pesos colombianos (22 mil dólares de la época). Tras una reducción de la pena, en 1999 el músico quedó en libertad.


Para muchos seguidores del Grupo Niche este suceso terminó de empañar la carrera musical de su director quien anteriormente también había sido acusado de tener una relación con el narcotraficante Helmer Pacho Herrera y de haber compuesto supuestamente la canción ‘Mi hijo y yo’ al capo José Santacruz, en la cual se puede leer el nombre del hijo del narcotraficante si se juntan las primeras letras de cada estrofa (J-o-s-é L-u-i-s S-a-n-t-a-c-r-u-z).


Cambio de ritmo



Los músicos colombianos no han sido los únicos relacionados con cárteles de la droga, el flagelo es un fenómeno mundial que se repite en diferentes países con los cantantes de moda, como pasa actualmente con los reguetoneros o pequeños grupos locales en México.


La pregunta que salta en el ambiente es qué responsabilidad moral y ética les cabe a los músicos y sus representantes cuando deciden hacer negocios o recibir pagos con dineros del narcotráfico. O si al final de cuentas no terminan ellos como víctimas cuando son obligados a realizar presentaciones privadas exclusivas bajo amenazas.


Aunque en su territorio nunca se registraron masacres tan tenebrosas que involucraran a músicos, como la recientemente ocurrida del Kombo Kolombia, desde la distancia los colombianos ven las aisladas informaciones que muestra la prensa sobre la violencia en México como el nublado y trágico espejo de su memoria reciente.


Con la desaparición de los grandes cárteles y la muerte o encarcelamiento de la mayoría de los históricos capos la atención mediática se ha dispersado en cientos de nuevos traficantes pero en el fondo la gente sabe que la amenaza sigue latente y que las palabras de Luis Carlos Galán siguen tan vigentes como hace 20 años.


Un colombiano en la masacre



Esta vez le incumplirá la promesa a su familia. En su casa del barrio San Jorge de Valledupar, Colombia, lo esperarán infructuosamente sus padres y sus tres hermanas menores. La muerte se atravesó entre Heiner Iván Cuéllar Pérez y el compromiso de visitar a sus familiares el próximo mes, él era el único extranjero que hacía parte de El Poderoso Kombo Kolombia, grupo musical asesinado en la madrugada del pasado 26 de enero.


“Este año sin falta iré para el festival”, le dijo Heiner a su padre, el también músico y arreglista, Jimmy Cuéllar, en la última conversación telefónica que sostuvieron cuatro días antes de su desaparición y siete antes de que su cuerpo fuera hallado masacrado junto a 16 de sus compañeros del Kombo en una noria de la abandonada hacienda Las Estacas, a 100 kilómetros de Monterrey.


El festival al que se refería Heiner es el de la Leyenda Vallenata, el más importante e internacional de música de acordeón, que se celebra cada abril en Valledupar. La misma fiesta en la que, con tan sólo cuatro años, se subió a la tarima, cantó su primera canción en público y ganó su primer premio.


Ese día de hace 20 años, en el que por iniciativa propia el niño Heiner interpretó El Testamento, del maestro Rafael Escalona, pasó de ser un instante glorioso a un recuerdo melancólico. “Oye, morenita, te vas a quedar muy sola/ Adiós, morenita, me voy por la madrugada/ No quiero que me llores porque me da dolor”, cantó el pequeño frente a los sorprendidos espectadores.


Esa y El Ratón, de Cheo Feliciano, eran las dos melodías preferidas del joven músico colombiano. Heiner creció junto a los gustos musicales de su padre, quien es reconocido por ser uno de los fundadores de Los Bárbaros, uno de los primeros grupos de salsa y merengue de la región. De allí también surgió el amor de Heiner por el piano.


A los seis años de edad el mayor de los hijos de la familia Cuéllar Pérez —cuenta su padre— ya podía identificar los sonidos de los instrumentos no melódicos como la percusión y los bajos, cosa que sorprendía, pues sólo se puede lograr con estudios previos.


Cada día, su romance con el piano se hacía más fuerte y lo alternaba con el toque de las congas. Luego vienen sus primeros estudios serios, era un niño de siete años pero avanzaba muy rápido. A los 10 empezó a estudiar obras clásicas y latín jazz. Antes de cumplir 15 reemplazó al pianista de la orquesta de su padre durante seis meses. Su nombre se hizo popular de forma vertiginosa. Desde ese momento su madre, Silia Pérez, comenzó a sentir temor por la suerte de su hijo porque ya lo contrataban con frecuencia.


Luego fue tutor en la afamada academia del Turco Gil, una escuela de música vallenata, donde se han formado muchos de los intérpretes famosos, y alternaba al tocar con otras agrupaciones. Después, todo sucedió muy rápido. El niño de la casa creció. Con un poco de reconocimiento, es invitado por Israel Romero, el director del grupo, a hacer parte del Binomio de Oro.


Un flechazo regio



El amor cambió el rumbo a la vida de Heiner. Aun teniendo una carrera consolidada en Colombia, decide probar suerte en México sólo por estar junto a la mujer de su vida.


El flechazo había surgido dos años antes, cuando conoció a Miriam Palomo, la regiomontana con quien se casaría después, durante una de las giras del Binomio de Oro por territorio azteca.


La relación fue paso a paso. De las llamadas pasaron a las visitas en sus respectivos países. Miriam estuvo un par de ocasiones compartiendo en Valledupar con los Cuéllar, donde dejó una grata impresión. Recién cumplidos los tres años como pianista del Binomio de Oro y después de que Israel Romero se cansó de persuadirlo para que no viajara, Heiner armó sus maletas y voló directo a Monterrey. Romero ha dicho varias veces que nunca le ha dolido tanto la ida de un músico como la de Heiner, ya que, además de pianista exquisito, el joven Cuéllar se llegó a convertir en su mano derecha para los arreglos musicales.


En cuanto llegó a la capital de Nuevo León se regó la noticia de su experiencia, por lo que le llovieron ofertas de trabajo. Finalmente se decidió por el Kombo Kolombia.


Unos meses antes de la muerte le ofrecieron trabajo en una agrupación nueva y con mejor paga, pero la suerte estaba echada. Se trataba de una orquesta muy grande para hacer conciertos y giras. Al papá le pareció una buena excusa para “no tocar más en sitios nocturnos donde llega todo tipo de gente”. Pero Heiner decidió quedarse con el Kombo como agradecimiento a quienes lo habían ayudado cuando llegó a México. “Los valores pesaron más que la ambición”, dice Jimmy.


En Colombia, la familia vivía muy preocupada por los hechos de violencia referenciados en las noticias. Para tranquilizar a sus padres, Heiner les decía que no tenían por qué temer, que no andaba en negocios ilícitos ni con gente torcida. “Mis amistades son gente de bien, no nos va a pasar nada”, respondía. La tranquilidad duró hasta el siguiente titular sangriento en la prensa.


El lunes antes de su muerte, Heiner habló mucho con su mamá, le contó los nuevos planes con una disquera, que grabarían con otros artistas y le ratificó la promesa de visitarlos para pasar su cumpleaños en Valledupar —el 13 de abril cumpliría 25 años— y compartir en el Festival con Gizzy, Ana Carolina y Tatiana, sus hermanas.


Una triste llamada



El domingo 28 de enero, dos días después de los hechos y sin tener idea de lo que estaba ocurriendo, un músico amigo llama a Jimmy para preguntarle qué ha sabido de su hijo. Inocente el padre, responde que todo está muy bien.


“Pues averigua, porque dicen que hay un grupo secuestrado en Monterrey y al parecer fueron asesinados”, fue la respuesta. “Si fuese Heiner ya me hubiesen llamado”, pensó Jimmy.


Eran las diez y media de la noche cuando el padre decide llamar a casa de su nuera en Monterrey, no le respondió Miriam, sino una hermana y le confirmó la sospecha: “Su hijo está desaparecido. No queríamos alarmarlos hasta saber qué pasó”.


A partir de ese momento los hechos son confusos, dolorosos. Las conversaciones y recuerdos se entrecruzan en la mente. En Monterrey les dicen que a Heiner y sus amigos los contrataron para tocar en un lugar y con engaños los llevaron a otro.


Por su estado de descomposición el cuerpo de Heiner tuvo que ser enterrado lejos de los suyos. Jimmy fue internado por una semana en una clínica por problemas de salud. Ningún familiar pudo viajar a México. En estos días la familia espera iniciar el proceso de repatriación del cuerpo, si todo sale bien en menos de un año los restos mortales de Heiner Iván CuéllarPérez serán sepultados en Jardines del Eccehomo, uno de los cementerios más tradicionales de Valledupar y donde descansan varias de las leyendas del vallenato.


Para eso sólo es necesaria la autorización de la esposa. El inconveniente es que los costos son muy altos y en la familia aún no sabe cómo van a conseguir los recursos. Hace unos días Jimmy y Gizzy, la hermana mayor, visitaron la tumba en Monterrey, gracias a un canal de televisión colombiano que prepara un reportaje sobre Heiner. Ese día Los Niños del Vallenato de Monterrey le cantaron varias canciones, entre ellas El Testamento.


Allí, Jimmy recordó la promesa de la visita y lamentó que en medio de la violencia indiscriminada de la guerra de cárteles del narcotráfico muera gente inocente como su hijo. “Él era un hombre serio y de palabra. Siempre cumplía lo que prometía”, dice.